martes, 1 de febrero de 2011

Jace


Cuando nos acercamos al final de aquel frío pasillo de roca y moho una sensación de calma me empapó cuando vi que lo que causaba aquellas escalofriantes sombras que correteaban por la pared era un estanque salado que se filtraba por un ancho arco de piedra submarino y que bajo el manto plateado de la luna que se cernía por un cráter, reflejaba las irregularidades del agua en la pared. El cráter no era muy ancho, pero lo suficiente para tener una vista privilegiada de una porción del espacio e iluminar la estancia. Cuando dejé a mi asombro a un lado miré de reojo a Jace que observaba el cielo nocturno con una sonrisa satisfecha, pareció sentir mi mirada porque enseguida sus ojos negros, del más puro carbón, se clavaron en los míos. No sabía cómo actuar, si quiera que decir, aquel lugar era, sin duda, mágico y aplacaba todos mis recursos. Se acercó a mí con cautela, como si fuese a saltarle encima para acabar con él victima de mi enfado aún patente, pero la verdad es que a medida que pasaba más tiempo con él cada uno de mis malos recuerdos se rompía en pedazos y desaparecían arrastrados por las emociones que sentía.
-Es agua natural, no son tóxicas a pesar de estar a un nivel tan bajo.- me anunció.
Parecía que el tampoco sabía exactamente que decir y escupió la primera tontería que le vino a la mente, aun que tratándose de Jace, no tener palabras en la boca en alguna ocasión era como bajar la luna con las manos. Miré a la luna creciente a través del cráter y volví a la realidad. Era tarde y esta era una de las pocas oportunidades con la que podría hablar con Jace de lo pasado en condiciones. Tomé aire y busque las palabras adecuadas antes de hablar. Antes de poder darme cuenta se encontraba a escasos metros de mi, mirándome con curiosidad, parecía sondear mi mente por momentos hasta que suspiró y comenzó a hablar:
-San, lo lamento de veras.-parecía hablar con sinceridad.-pero no me conoces, solo nos hemos visto dos veces, no puedes pretender atarme de esa manera.- ladeó la cabeza indeciso.
Decía la verdad, solo nos habíamos visto en  dos ocasiones, cuando nos conocimos y cuando fuimos a aquel concierto con todos los demás. Pero le guardaba con celosía en mi mente, su risa se quedaba grabada a fuego, su voz sonaba en mi mente a cada hora, era algo extraño de describir porque, estaba claro a pesar de ser atractivo no estaba enamorada de él pero entonces ¿Porqué me atormentaba su imagen en mi mente?
-Ya lo sé.- le admití.
-¿Entonces por qué te dio esa crisis de ansiedad cuando besé a Annie?
-¿ Y tú porque no apareciste en esa semana?- se que era poco convencional contestar a una pregunta con otra, pero me sentía acorralada ante aquella pregunta porque no sabía la respuesta.
-¿Qué querías que apareciera por tu casa y te diera tal vez una crisis de ansiedad o un brote de cólera y me arrancaras la piel a tiras?.- a pesar de ser un comentario algo gracioso su rostro estaba realmente serio. Tenía razón los más probable es que alguna de las dos opciones de cumpliese.- Lo siento, no sé exactamente porque, pero lo siento.
Cerré los ojos escarbando en mi mente lo que quería decirle. Era cierto que, no tendría por qué pedirme perdón que en todo caso las disculpas tendría que dárselas yo por posesiva neurótica pero el orgullo me lo impedía.
                En ese momento salvándome de otra situación difícil la melodía del móvil de Jace interrumpió la charla. Este puso los ojos en blanco y lo atendió.

lunes, 31 de enero de 2011

San


Por fin volvía a oler aquel aroma salado, mi cabello oscuro se agitaba con rebeldía balanceado por la brisa marina, mientras el sol iluminaba cada una de mis angulosas fracciones regalándome esa sensación cálida en mi piel propia de aquellas tardes de verano. Tiré la bicicleta al lado de un peligroso acantilado que, escondido bajo sus altivas paredes de roca guardaba una pequeña cala apenas lo suficientemente grande para una docena de personas. Cargué con mi mochila a la espalda y aparté un par de matojos que se amontaban no muy lejos de donde dejé mi bicicleta. Cuando los matorrales mal colocados se hicieron a un lado vi el sendero que me llevaría hasta la cala. Ya había estado allí antes, por supuesto, esos trozos secos de matorral los colocaba yo cada vez que era hora de volver a casa y abandonar mi pequeño y fantástico mundo, donde nada podía hacerte daño bajo las paredes de roca y el rugir de las olas. 
Descendí con ansia, hacía una semana que no visitaba este lugar puesto que mi madre se había empeñado en encerrarme en aquellas angustiosas y claustrofóbicas pareces blancas desde que sucedió lo que acabó con parte de mi salud y prácticamente todo mi ser. La bajada se me hizo tan corta como intensa, así que sin pensármelo dos veces tendí mi esterilla de bambú y caminé con recelo hacía el mar. Enseguida sentí el frío beso de éste en mis pies, cerré los ojos por un momento olvidando todo lo ocurrido y disfrutando de lo que más amaba en mi vida: El mar. Fui abstrayéndome del mundo entero a medida que el agua cubría más y más mi cuerpo hasta que sumergí por completo. Era tan refrescante como placentero, la fina capa de sudor que había acumulado en mi huída desapareció al instante sintiéndome limpia tanto física como mentalmente. Dirigí una mirada a mis cosas y un poco más allá distinguí la inhóspita cueva que se abría como un surco en los huesos del acantilado, nunca me había atrevido a entrar, siempre había creído que en algún momento aquella lengua de cantos redondeados que salía de ella me lanzaría a los abismos.
Durante unos veinte minutos disfruté de mi soledad, de la calidez del sol, y del mar en calma. Por este corto período de tiempo me sentía feliz y en paz conmigo misma pero entonces algo perturbó mi mundo y sacudió mis pensamientos arrancando aquel sentimiento de felicidad entonces vi, como por el sendero que yo ocultaba un chico descendía con una velocidad y unos movimientos tan delicados que me recordó al instante a los de un felino. Atónita pues aquí jamás se había presentado nadie más que yo, me fijé en un largo y aleonado cabello cobrizo que con los reflejos del sol del crepúsculo parecían llamas tintinándose con los azotes del viento. Pensé y entonces como un rayo una imagen cruzó por mi cabeza: aquella cabellera aleonada, del color de cobre, esos ojos rasgados de largas pestañas…Sin quererlo mi rostro se contrajo en una mueca de dolor y un bufido se escapó de mis labios.
-¡San, quiero hablar contigo, sal por favor!- me gritó desde la orilla. Si quiera me había dado cuenta de cuando había llegado a ella, el shock me tenía tan aturdida que en cualquier momento temí que las lágrimas corrieran por mis mejillas, aun que creía que ya no quedaba ninguna más para derramar.
Decidida, con los puños apretados y los dientes chirriando me dirigí con decisión a la arena. Cuando llegué hasta el, me miró de arriba abajo, como avergonzado pero algo divertido, entonces caí en la cuenta de que los único que llevaba puesto era una viejo camisón blanco que con el agua se me pegaba al cuerpo describiendo una serie de sinuosas curvas. Sin hacer el más mínimo caso a este hecho clave mis ojos en los suyos y con una mirada desafiante le encaré:
-¿Me has seguido? Como puedes ser tan odioso
-Déjame explicarme, por favor.- me rogó. Lo cierto es que desgraciadamente no podía dejar de escuchar aquella voz cantarina que durante esta semana sonaba en mis pesadillas mientras dormía y en mi mente mientras permanecía en pie. Con un movimiento de mano desinteresado el chico siguió.- Todo fue un error, lo hice por ti, por nosotros.-se corrigió- Necesitaba quitarme a Annie de encima y la mejor forma que vi de hacerlo fue esa.
Dejé escapar una risilla sarcástica entre dientes y con una voz alta y amenazadora le contesté.
-¿Me estás diciendo que la besaste para quitártela de encima? ¿No se te ocurre algo más creíble que una tontería como esa Jace?
-¡ella jamás me habría dejado en paz! Necesitaba subirla y dejarla caer para que se hiciese la imagen de mi de un tío socarrón que solo jugaba con ella, así tu y yo…-aquellas últimas palabras, <<tú y yo>>, las dejó flotando en el aire como si fueran pompas de jabón tan delicadas que en cualquier momento podrían explotar.
No sabía que decir, en cierta manera Jace y yo nunca habíamos sido más que amigos por lo tanto no podría reprocharle que el besase a quien quisiera, al fin y al cabo él era libre por más que en mi cabeza permaneciese en una jaula de cristal. Al final el rompió aquella situación embarazosa
-Y no te he seguido, siempre he venido aquí, desde años, te he observados muchas horas de mi vida, como jugabas con el mar o tomabas el sol, solo que tú no podía verme.
Abrí mucho los ojos cuando un terrible escalofrío, que venían de aquellas palabras, me recorrió la espalda. Estupefacta y con hilo de voz le dije:
-¿Que quieres decir?
-Tú nunca te has atrevido a entrar en la cueva, mientras, yo, hice de ella mi refugio donde nada podía abatirme y te observaba desde la oscuridad hasta que te marchabas con tu bici cuando la noche se precipitaba. ¿Por qué no entras? ¿Te da miedo?
-no…solo que yo…- no sabía que decir, no quería admitir que si me daba terrible horror aquella cueva, así que simplemente dejé por terminada mi aportación a la conversación.
Entonces pasó algo inesperado, Jace me tendió la mano esperando la mía <<no>> pensé <<el te ha hecho daño, besó a Annie y después la tiró como un trapo, este chico no es bueno>> pero como si su mano fuera un imán mi mano agarró con fuerza la suya, era algo tan extraño que hasta él pareció algo atónito cuando nuestras manos se estrecharon, pero como siempre actuó rápido y me dedicó una de sus encantadoras sonrisas tan inusuales como relajantes y como un rayo avanzamos por la lengua de cantos rondados, hacía la oscuridad.
-¿Tienes miedo?.-me preguntó
-No.-mentí.
-¿y porque no querías venir me necesitabas a tu  lado para atreverte a entrar?.- su voz sonó jocosa.
Me irritaba.
No contesté simplemente le ignoré y seguí caminando de su mano en silencio. Aquel lugar húmedo me estremecía, la oscuridad era tan densa que apenas podía ver la blanca camisa de Jace. Después de unos minutos me pareció que descendíamos por una suave ladera de piedra que, al final de un largo pasillo una luz plateada dibujaba extrañas sombras en la pared. Él avanzaba seguro pero yo no podía evitar de vez en cuando estrechar su mano y comprobar que seguía a mi lado aun que el silencio nos invadiese.